Algunos periodistas se han transformado en meros “comentadores de comentarios”. Lo único que parecerían hacer es recibir mensajes de su audiencia, ponerlos al aire y comentarlos. Radio, televisión y diario han sucumbido a la nueva, y por demás cómoda, corriente informativa, tal vez surgida en un espacio mucho más lícito: la blogósfera.
La idea no tiene nada de malo. El concepto, creo que tampoco. La implementación es lo que me tiene preocupado.
Primero, nadie puede auditar que todos los comentarios tengan espacio para la difusión y no se esté haciendo una “selección” tendenciosa de aquellos que pueden salir al aire y aquellos que deben morir en la boca de sus autores. Pero supongamos que no es así, aunque ingenuamente descartemos este supuesto.
Lo segundo a tener en cuenta es que se legitima artificiosamente, poniendo en voz de periodistas o medios reconocidos, mensajes totalmente anónimos y carentes de la más mínima objetividad y altura periodística. Con lo que volvemos al tiempo de la prepotencia y el patoterismo, a los tiempos en los que aquellos que más gritan tienen la razón, a los tiempos en los que pensar no vale de nada y solo sirve defender una bandera adquirida por razones tan arbitrarias como se les ocurra.
Entonces los comentarios se vuelven una guerra de tribunas futboleras, llena de agravios personales y sarcasmo mediocre digno de capo-cómico de vodevil. No hay lugar para el disenso, no hay lugar para la convivencia de distintos puntos de vista; pero lo más grave de todo, no hay lugar para el fundamento y el contenido.
Quizás lo que más me preocupa realmente, es cómo los periodistas sacan rédito, económico y de estatus, manipulando obscenamente estos mensajes mediante el ardid de tratarlos como si fuesen la voz de “la gente”, “del pueblo”, “de la sociedad”, “de la Argentina”; y con la única finalidad de servir a una línea editorial con la que no son capaces de disentir ni confrontar.
Porque los mensajes no son la voz de la gente, ni del pueblo, ni de la sociedad. Los mensajes no son otra cosa que expresiones auto-acotadas y sesgadas de una minúscula parte de la población de un país. Población que merece ser escuchada en su totalidad y diversidad, aún quienes no pueden acceder a internet, o a un celular, o a un teléfono. Aún quienes, y con mayor razón y medida, no tienen herramientas socio-culturales para elegir opinar a consumir.
Es por eso que rescato en este post a aquellos periodistas que todavía opinan con razón, fundamento y contenido; y aborrezco sin mesura a los que se escudan tras “la voz del pueblo” para lamer trastes y trepar cargos.
