En mis tiempos de universidad me tocó, no sin esfuerzo devenido de la falta de práctica, leer a Antonio Gramsci. Hasta ese momento vivía completamente despreocupado de mi rol en la sociedad como artista-comunicador, ingenuamente desentendido de los rótulos de “vago inservible” o “mediocre subvencionado”.
Cuando terminé de leer y, espero sinceramente, entender sus textos sobre los intelectuales y la cultura, la pesada carga de la responsabilidad me cayó de lleno sobre las espaldas y hacer lo que hacía cobró un nuevo significado.
Cuanto más me esforzaba por descollar, de elevarme por encima de la mediocridad, más me convertía en lo que Gramsci llamaba “intelectual orgánico”. Y más responsabilidad tenía para con mis compatriotas y contemporáneos de tomar partido por uno de los tantos grupos que se peleaban la hegemonía cultural en nuestra sociedad.
Yo que hasta ese tiempo había vivido huyendo sistemáticamente de la vida política y la participación ciudadana, escudándome cobardemente en el arte para no tener que tomar partido por posiciones que se me suponían, a priori, todas erradas, me vi participando activamente en la legitimación de uno u otro grupo a través de mis actividades culturales. Y eso era algo de lo que no quería, no podía huir. Si dejaba de practicar mi arte, mi forma particular de comunicación, no me quedaba nada.
Debo aceptar que poco queda de esa actividad artística primigenia, forzosa aunque voluntariamente mudada por mis responsabilidades como padre y jefe de familia. Pero lo que sí queda en mí es esa profunda sensación de tener que actuar (accionar) dentro de la realidad cultural de mi país para ayudar a que las ideologías que considero correctas triunfen sobre las que considero incorrectas.
Es esa responsabilidad la que me hace presenciar con pasmo desmesurado la liviandad con las que algunos intelectuales orgánicos acometen la tarea de cumplir su rol en la sociedad. Ingenua liviandad en el mejor de los casos, descarado interés en la mayoría de los otros.
Gramsci decía que el periodista, si no era un mero copiador de palabras, era uno de los intelectuales orgánicos más activos de nuestra sociedad. Imaginemos cuánto se ha potenciado este hecho con el advenimiento de estos, los tiempos de la (hiper) comunicación. En estos tiempos en los que la dirigencia política está tan desacreditada y que la opinión periodística se ha legitimado, arbitrariamente desde mi punto de vista, como la más creíble y confiable.
Pero hoy en día las ideologías no se discuten, no se proponen, no se enseñan, no se defienden. Entonces cabe preguntarnos, ¿orgánicos a/de quién son estos intelectuales de los medios de comunicación?. Lamentablemente y tras una rápida recorrida por los diarios digitales de nuestra provincia (y por sus respectivos y paseudo-independientes blogs) me queda la sensación de que muchos periodistas son intelectuales orgánicos del grupo hegemónico que firma sus cheques.
Y parece que a ciertos periodistas, ser acusados de intelectuales orgánicos les ofende profundamente. Lo que no me queda claro es que si de lo que reniegan es de su papel como orgánicos dentro de esta puja de intereses, o simplemente del grueso epíteto de “intelectual”.
